Entonces entro yo, cimbreándome sobre mis zapatos de tacón alto, la melena lacia y suelta sobre mis hombros desnudos. Destaco, como una flor todavía no marchita, en medio de esas almas perdidas en el fin de la ciudad.
- Nena, ¿te has perdido? –me entra un desconocido.- Me parece que el perdido eres tú –le contesto con descaro.
- Es que te veo tan fresca en comparación con toda esta gente…
- Gracias por el piropo. Pero, ¿tienes algo más que ofrecerme?
- ¿Qué te parece este metro noventa que tienes delante?
- Bah, los he visto mejores –contesto, repasándolo con la mirada de arriba abajo y de abajo a arriba.
- Vaya, la princesa del barrio se pone chulita…
- ¿Tienes coca, metro noventa?
- Algo me queda…
- ¿Me invitas?
- ¿A qué? ¿A una cerveza?
- No cariño, a un tirito.
Desaparecemos en el lavabo y en la antesala nos metemos el polvo blanco en la nariz. El desconocido me besa. Le respondo al beso haciendo que mi lengua juegue con la suya.
- ¿Quieres que vayamos a tu casa? Tengo ganas de más –le sonrío metiéndole mano en el paquete por fuera del pantalón.- No. Hoy no tengo casa. Viene la señora de la limpieza.
- Me han puesto muchas excusas pero esta es de las mejores, ja, ja, ja –mientras, sigo retorciendo el paquete del desconocido, ya duro.
- ¿No podemos ir a la tuya? –sugiere el desconocido.
- Creo que a mis padres no les haría gracia verme con un tipo como tú.
- Tampoco creo que les haga gracia saber que estás aquí a las 8 de la mañana, metiéndote rayas con un desconocido al que tocas el paquete, cuando deberías estar en la universidad o trabajando.
- Uy, sí, sí, sí… Eres un estúpido y un grandísimo gilipollas, ¿te enteras? ¿Quién coño te crees que eres? ¿Mi guía espiritual? –saco un cigarrillo del bolso y lo enciendo lentamente mientras lo miro fijamente, retadora-. Quiero que me folles. Aquí. Ahora. Rápido.
Nos encerramos en uno de los baños. Le empiezo a chupar la polla al desconocido y cuando ya está bien dura, me subo la faldita, me bajo las bragas y le exijo “Métemela, cabrón”. Así, sin condón. El desconocido me penetra y empieza a mover las caderas, con los pantalones bajados hasta las rodillas y a bombearme sin cesar. Grito cuando llego al orgasmo en el momento en que empiezan a aporrear la puerta. “¡Ya está bien, joder! ¡Salir de una puta vez!”. El desconocido saca su miembro duro de mi interior y sin correrse se la vuelve a meter en el pantalón. “¿No te corres?” –le pregunto extrañada. “Es el problema que tiene la coca nena, que retarda mucho la eyaculación. No puedes ir enfarlopado y hacer un aquí te pillo, aquí te mato. Otra vez será…”.
Salimos los dos del lavabo. Respiro profundamente y tiro la cabeza hacia atrás, arreglándome la melena.- Gracias por el polvo y por la raya. Me voy a casa mucho más tranquila…
- De nada… -sonríe el desconocido-. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Me llamo como tú quieras que me llame.
- Una cosa más… ¿me regalas tus bragas?
- ¿Para qué quieres tú mis bragas?
- Soy coleccionista de bragas robadas a chicas que encuentro perdidas en la noche…
Me bajo las bragas, me las saco, hago una bolita de las mismas y se las pongo en la mano al desconocido.
- Gracias, Patsy.- De nada, metro noventa.
Salgo por la puerta del baño, me pierdo en la multitud y ya no lo vuelvo a ver más. Salgo del antro, me tomo un café. Son sólo las nueve de la mañana y ya es hora de volver a casa. El sol matutino me ciega los ojos. Desde entonces me llamo Patsy y vendo mis braguitas húmedas al mejor postor.
